La inmigración sionista se volcó durante los años 1920 y 1930. El gobierno británico deseaba hacerlo todo por todos a la vez, pero fracasaron sus esfuerzos. Al mismo tiempo la conquista sionista mediante la inmigración se volvió una conquista armada con actos de terrorismo contra los palestinos, los ingleses, y otros judíos, y esto a diario.
Pero a pesar de las maquinaciones sionistas, si no fuera por el destino trágico de los judíos durante la Segunda guerra mundial el Estado de Israel posiblemente no habría llegado a existir nunca. Como lo hemos planteado antes, después del Holocausto, el mundo volcó su compasión hacia los judíos en forma de respaldo a los sionistas.
No se pensó en el profundo y justo deseo de los palestinos de ser un pueblo soberano en su propia tierra o en los judíos antisionistas que vivían allí.
Es como si un hombre expulsado de su hogar por una pandilla de malhechores se viniera a la casa de otra persona y decidiese expulsar de allí a los habitantes para apoderarse del lugar. Seguramente el sufrimiento que el hombre ha padecido en manos de los forajidos no basta como razón para expulsar a otra familia de sus antiquísimos lugares de residencia a lo largo de los siglos.